Si sale algún libro, película o serie sobre ajedrez, me siento obligada a consumirlo, y hay veces que uno encuentra joyas como Gambito de Dama, pero en este caso, no fue un diamante lo que encontré, sino un carbón. Imposible de tragar, pero simple y básico.
La trama es sencilla: una joven prodigio infantil se convierte en una adulta joven amargada, llena de culpas y resentimientos por el ajedrez, y termina ganándole al actual campeón del mundo en una partida cualquiera. Obviamente, el campeón del mundo se enamora de ella a primera vista y hará todo lo posible por hacerla feliz. Todos sabemos cómo acaba esta historia: con ellos como pareja y ella como nueva campeona del mundo, unos seis meses después.
Y uno pensaría que, tras el esquema básico de un romance, al menos tendríamos una representación más o menos decente de lo que es el ajedrez. Pero no, eso no pasa, y uno se da cuenta desde la primera partida, cuando sueltan la joya: “No vamos a usar el rating de la FIDE; cada quien se va a poner la valoración que quiera”. Luego hay cosas como: “El árbitro se acercó a decirnos que el tiempo había terminado, declaró tablas y que el negro pasaba a la siguiente ronda”. Esta última me sacó el “JAAAAA” más grande que había soltado en mucho tiempo.
Después viene: “El campeonato del mundo se jugará a doce partidas, sin límite de tiempo”, con lo que casi escupo el café en el Kindle. O esta otra: “La primera pareja de ajedrecistas”, aunque esto podría ser un error de traducción porque, dentro del mismo libro, hay otras dos parejas de ajedrecistas.
De hecho, la misma autora acepta en los agradecimientos finales que se tomó algunas libertades para hacer avanzar la trama. Creo que, si hubiera tenido un asesor de ajedrez —ya no digamos un Gran Maestro, con un árbitro nacional bastaba—, habría cometido menos errores.
Ali Hazelwood se ha destacado por sus historias de amor entre “inteligentes”, y este fenómeno nació gracias a series como The Big Bang Theory, que, más que volver sexy lo “smart”, volvió cool crear contenido sobre gente inteligente, pero a base de manías, estereotipos y estereotipias.
No todo en este libro está mal. De hecho, la motivación de la autora para hacer esta trama fue tratar el asunto del sesgo de género dentro del ajedrez, el machismo que aún está presente y el efecto psicológico que sufren muchas mujeres al enfrentarse a hombres. El problema es que esto queda muy en segundo plano, igual que el asunto de las trampas en el ajedrez mediante dispositivos tecnológicos.
Creo que se puede hacer una trama interesante entre ajedrecistas sin tener que llevarlo a niveles de campeones del mundo. Es cosa de ir a cualquier torneo local y preguntarle al árbitro los chismes nuevos. No nos hagamos: ellos son los primeros en enterarse de todo y, de seguro, tienen historias más entretenidas y creíbles que las de este libro.